martes, 6 de noviembre de 2012

LA PREVENCIÓN DE LA "DROGADICCIÓN" I

Luis Carlos Restrepo, Psiquiátra y filósofo colombiano, autor de muchos libros y artículos relacionados con la prevención de drogas, merece un espacio especial en Latinoamérica por los aportes dados a la comprensión del fenómeno de las drogas, tuvimos la oportunidad de compartir con él varios eventos en nuestro Ecuador, tanto en Quito como en Guayaquil y, considero que es una de las personas que más aportó con su visión de avanzada allá por el año 2000; razón por lo que voy a transcribir al pié de la letra su artículo " PREVENCIÓN DE LA DROGADICCIÓN" , a sabiendas de que algunos términos, han sido superados , tal como drogadicción, adicto, etc., por considerarlo como BÁSICO PARA QUIEN PRETENDA INCURSIONAR EN PREVENCIÓN.

Por lo extenso de este artículo, vamos a presentarlo en varias páginas:
a) Conceptualización de la prevención
b) Objetivos
c) Mensajes y redes
d) Gestión del conflicto
e) Herramientas para la intervención

CONCEPTUALIZACIÓN DE LA PREVENCIÓN

A la hora de adelantar un programa de prevención, nada resulta más dañino que dar por conocido el problema sobre el que se quiere intervenir, como si éste se presentara de manera clara a la percepción y el pensamiento. No basta con decir que vamos a prevenir la drogadicción. Es preciso acceder al conflicto que subyace tras el nombre, sometiéndolo a un proceso de redefinición, con el propósito de establecer los rangos de validez en que puede darse la práctica asertiva.

El procedimiento se torna más pertinente en el caso de consumo de S.P.A., debido a la articulación estrecha de la palabra droga y drogadicción con las imágenes del mal social, por lo que se hace necesarios permanecer vigilantes para que los esfuerzos por mejorar la calidad de vida de los ciudadanos no terminen apuntalando apuestas demagógicas. Es por eso que antes de impulsar campañas alarmistas contra el consumo de psicoactivos, sea recomendable tomarse un  momento para la reflexión, para no repetir errores como los cometidos por los promotores de una campaña que desplegó sus vallas por las carreteras colombianas, con mensajes de "No a la droga" acompañados de una propaganda de la empresa patrocinadora - una licorera gubernamental - que con ingenuo desparpajo invitaba a los ciudadanos a deleitarse con "la suavidad de un cristal".

Como conceptuar un problema es construir un modelo simplificado, justificable desde un ejercicio argumental, debemos asumir de entrada que los términos "prevención" y "drogadicción" son construcciones mentales, hipótesis culturales que si bien tienen por propósito facilitarnos el trabajo de aliviar el sufrimiento, no nos protegen de propagar nuevas alineaciones. Construir un concepto es adentrarnos en una labor artesanal que toma como materia prima el problema para dilucidarlo con apoyo argumental, generando procedimientos de intervención que permitan modificar las prácticas sociales.

Para que pueda ser utilizado como operador, el concepto debe mostrar un alto grado de solidez y coherencia, de tal manera que podamos definir el campo de validez dentro del cual puede operar con legitimidad y sentido. El concepto debe ayudarnos a una adecuada representación de los conflictos, pues en las sociedades liberales el cambio de comportamiento pasa por la libre decisión, motivo por el cual el ciudadano debe tener claras alternativas para tomar su opción con responsabilidad. En las sociedades democráticas de masas, donde se multiplican las posibilidades y alternativas, resulta vital la construcción de conceptos flexibles y dinámicos, capaces de ayudarnos en la representación de la vulnerabilidad sin caer en excesos normativos o en tentaciones dogmáticas.

Sin diluirse en la superficialidad, el concepto debe articularse a los imaginarios colectivos, sirviendo de puente entre los lenguajes técnicos y los lenguajes cotidianos, sin perder precisión operativa ni quedar encerrado en la abstracción propias de los códigos científicos. El concepto debe estar ligado a un trabajo de reconstrucción linguística y pedagógica, sirviendo como mediador entre las prácticas sociales de salud mental, los sentimientos colectivos que generan la demanda de intervención y los discursos que hacen posible la representación del problema.

En una sociedad laica, donde el mito ya no cumple un papel central, los conceptos de salud mental suplen en parte esta ausencia, legitimando prácticas culturales orientadas a mejorar el bienestar afectivo de los ciudadanos, sin que podamos caer por eso en discursos dogmáticos ni en la oferta de panaceas. De allí la necesidad de mantener una postura crítica, pues en el ca,po de la salud mental las tareas de conceptualización deben responder a un procedimiento abierto, para que los profesionales puedan diseñar modelos orientados a la modificación de comportamientos sin confundir la acción preventiva con el trabajo pastoral de afianzamiento de valores propios de los líderes religiosos.

Actuando como operadores o mediadores culturales relacionados con la capacidad de grupos e individuos para enfrentar con acierto los conflictos que padecen, los conceptos de salud mental emergen como relatos que nos facilitan la reconstrucción personal o colectiva del sentido. Debemos cuidarnos sin embargo de reproducir en los conceptos de salud mental la simple exhortación moral, pues no nos corresponde revaluar el aspecto normativo de los valores  - Quién pretendería instaurar una nueva tabla de la Ley ? - , sino tornar más eficaz su aspecto práxico, motivo por el cual la construcción de conceptos se presenta como una construcción de senti-pensamientos capaces de ligarnos con la sensibilidad grupal, sin limitar por eso la posibilidad de disentir que acompaña al ejercicio de la libertad. Dicho en otras palabras, más que a los principios, los conceptos de salud mental deben atender a los procedimientos, a los intercambios comunicativos, al choque entre la singularidad y la Ley, pues es en éste campo donde la experiencia desviada en general, y el consumo de psicoactivos en particular, generan el más alto monto de sufrimiento.

Al recurrir al uso de conceptos de salud mental no podemos quedar atrapados en un realismo ingenuo, considerando que basta con nominar el problema para darle la solución. No podemos olvidar que una vez construido, el concepto tiende a endurecerse y a cristalizarse, por lo que se hace necesario su desconstrucción periódica para volver a descubrir la realidad tras él se esconde. Concepto y problema son las dos caras de una misma moneda, existiendo el uno para el otro, en un mutuo juego de escándalo que produce la presentación de la sustancia prohibida, terminan conjurando la compulsión del consumo con la compulsión de la salud, reproduciendo por otros medios el problema que se intenta combatir.

Para aquellos que adelantan un trabajo preventivo resulta tan importante conocer lo que sucede con el reducido porcentaje de casos patológicos, como indagar lo que acontece con las personas que prueban drogas sin la dinámica de caer en la adicción. Es decir, saber de los factores de riesgo pero también de los factores protectores, determinando las condiciones que generan esta invulnerabilidad o "resiliencia" que permite a muchas personas soportar condiciones adversas, construyendo a pesar de las dificultades, una vida saludable. Pero al centrar sus esfuerzos en impedir que el adicto consuma de nuevo la sustancia, los rehabilitadores suelen pasar por alto estos factores, percibiendo el entorno social como un espacio amenazante que no puede convertirse en objeto de intervención. La única alternativa que le dejan al adicto es alejarse de los ambientes tentadores para no caer en la compulsión. Al contrario, al no estar tan preocupado por el control de la conducta problemática, el profesional de la prevención puede centrar su atención en la transformación de ese contexto social que el rehabilitador casi siempre deja de lado.



La prevención debe centrarse en un proceso de reconstrucción cultural de vínculos y percepciones, de saberes e ignorancias, protagonizado por los agentes locales y no por instituciones que imponen a los ciudadanos sus imaginarios tecnocráticos. Si queremos convertir la amenaza en oportunidad, no queda otro camino que alentar un consenso en torno a la necesidad de trabajar sobre las redes sociales y los factores culturales asociados al consumo de S.P.A., sustituyendo las campañas alarmistas por proyectos de intervención más focales y realistas, que en vez de propender a la erradicación del conflicto busquen mejorar las capacidades de las comunidades de interactuar con él.

Para eso es necesario contar con metodologías de análisis e intervención cultural, muy diferentes de los procedimientos de investigación epidemiológica y educación en salud con los que se ha abordado el problema en las últimas décadas.

Si en la sociedad de mercado la S.P.A. actúa como un fetiche cultural, que permite canalizar la ansiedad flotante generada por el incremento de la individualidad competitiva y la frágil movilidad de las redes de interdependencia afectiva, resulta comprensible que su consumo encuentre refuerzo en dinámicas microculturales que es necesario conocer, pues participar en ellas acrecienta la predisposición de usar o abusar de los psicoactivos. De allí la importancia de contar con información cultural referida al uso de S.P.A., superando la simple información médica y neurofisiológica para abordar los aprendizajes sociales relacionados tanto con la valoración positiva del consumo-como sucede en el caso del cigarrillo, el alcohól, pero también con la búsqueda del "acelere" recurriendo a otras sustancias, como los comportamientos que perpetúan la ruptura de la reciprocidad social y afectiva, a fin de modificarlos de manera simultánea.

Debe quedar claro que la movilización afectiva de los ciudadanos en torno a propósitos preventivos no puede quedar atrapada en consignas aversivas. El propósito central de un trabajo preventivo debe ser la reconstrucción cultual de las redes de sentido, de tal manera que gracias a la dinámica del grupo se llegue a una reformulación de sus modelos de conocimiento y a un replanteamiento de los comportamientos que incrementan la vulnerabilidad o favorecen el uso compulsivo de psicoactivos.

Por buscar un cambio de actitudes en la población, el trabajo preventivo debe entenderse como una labor de transformación cultural que centra su atención en la modificación de las rutinas cotidianas de los ciudadanos. Valga sin embargo señalar que la transformación de un aprendizaje social es una empresa de gran envergadura, pues modificar un hábito es tanto como reordenar el sistema de valores, incidiendo sobre la identidad cultural y las formas de conferir sentido a la existencia.

Saben quienes se dedican a la práctica preventiva, que si bien es fácil decidir como prioritario un cambio de actitudes, lograr este propósito se convierte en ocasiones en una meta inalcanzable. Un trecho difícil y escarpado parece insinuarse entre la enunciación del propósito transformador y su adecuada realización. Utilizando una metáfora de la física relativista, podemos decir que en el universo de la prevención la línea recta no es el camino más corto entre dos puntos, pues precisamente este sendero el que está plagado de inaccesibles montañas e insondables abismos.











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