domingo, 11 de noviembre de 2012

PREVENCIÓN DE LA DROGADICCIÓN III

GESTIÓN DEL CONFLICTO

Si la salud mental puede definirse como la capacidad para establecer alianzas relevantes, contando la persona con la seguridad de poder recibir ayuda de otros en momentos difíciles o estresantes, el diseño de ambientes interpersonales ecológicamente sostenible debe convertirse en prioridad dentro de los proyectos preventivos. De esta manera se reduce el stres psicosocial, al atender los agentes de prevención a la satisfacción de las necesidades sociales y afectivas mediante una cálida interacción cotidiana, asegurando una adecuada circulación del alimento emocional y un cuidado de los nichos afectivos. Pues el stres no es otra cosa que la llamada de alerta por el sufrimiento que empieza a presentarse en el medio ambiente interpersonal, cuando el soporte afectivo no es asequible al individuo a través de su relación cotidiana con los otros, indicando su escasez que nos encontramos en situación de crisis.

Dado que el trabajo preventivo tiene como propósito atender el malestar psicológico que surge cuando el ecosistema interpersonal no logra proveer a las personas de experiencias nutricias en los campos de la dinámica emocional y comunicativa, resulta provechoso conceptualizar la intervención como una manera de impedir que el deterioro cultural e interpersonal termine incrementando los casos de farmacodependencia. Entre otras cosas, porque la drogadicción puede entenderse como un "desastre cultural" propio de la sociedad contemporánea, desastre que debe abordarse con criterios similares a los utilizados por profesionales que atienden problemas como deslizamientos de tierra o erupciones volcánicas.

La lógica de las intervenciones de quienes atienden desastres naturales exhibe una gran ventaja sobre los modelos de prevención derivados de la higiene pública y el manejo de las enfermedades infecto -contagiosas o parasitarias, pues a diferencia con aquellos que se obsesionan con erradicar el factor infeccioso o la conducta problemática, estos profesionales no están preocupados por erradicar el terremoto o la erupción del volcán, asumiendo de entrada que sería una tarea imposible. Siguiendo su enseñanza, podemos intervenir en el "desastre cultural" de la drogadicción sin centrar nuestra atención en la "erradicación" del consumo de S.P.A. , orientando más bien nuestros esfuerzos a disminuir la vulnerabilidad e incrementar la capacidad de la comunidad para interactuar con el conflicto.

Al permitirnos evaluar la calidad de las relaciones interpersonales y expresar de alguna manera su deterioro, el consumo compulsivo de S.P.A. adquiere el carácter de indicador que nos alerta sobre la cercanía del "desastre", funcionando como un semáforo que nos ayuda a detectar problemas de nuestra red interpersonal que deben ser modificados mediante prácticas preventivas. Bajo esta perspectiva asumimos la S.P.A. como un indicador social que interactúa con otros factores del sistema o microcultura, como la calidad de las redes de soporte interpersonal, la capacidad del individuo y la comunidad para enfrentar y resolver problemas, los valores predominantes en el grupo, la descripción cultural que se hace de la experiencia embriagada, la preparación para el ejercicio de la libertad y la capacidad para afirmar la singularidad sin bloquear las fuentes de alimento afectivo. Sistema interactivo que nos enseña que el problema no se origina en la sustancia misma, sino en la articulación de la S.P.A. con los demás componentes del contexto cultural. ai sea la S.P.A. la que a primera vista acapara las connotaciones negativas del conflicto. De la importancia de no demonizar el uso de psicoactivos, atendiendo más bien a la capacidad del sistema interpersonal o a la dinámica microcultural para ajustarse y responder con flexibilidad a los retos sociales impuestos por los nuevos ritmos, de tal manera que la experiencia del "acelere" y desterritorialización no conviertan a la S.P.A. en sustituto fallido de los demás componentes de la microcultura.

No debemos temer a la emergencia del conflicto. Se trata más bien de mejorar los procedimientos para su representación, pues de esto depende la efectividad de la acción transformadora. Mejorar la representación que individuos y comunidades tienen del conflicto debe ser una tarea concertada entre profesionales de la prevención y consumidores de la información, tarea que puede dificultarse si no tenemos en cuenta los escotomas culturales que suelen generarse en los grupos como forma de negar la realidad y resistirse a un cambio de creencias que resulta molesto y doloroso. No contar con una adecuada representación del conflicto puede tornar inoperante cualquier propósito preventivo, como sucedió en Colombia en un caso doloroso que puso de presente la vulnerabilidad cultural favorecida por los modelos comunicativos. Se trata de la desaparición en 1.985 de la ciudad de Armero y de sus 30.000 habitantes, a causa de una erupción volcánica cuyo riesgo nunca fue cabalmente representado, pues los ciudadanos no tuvieron una clara representación del conflicto en el que estaban involucrados.

Para las gentes de Armero no era evidente la presencia del volcán-nevado del Ruiz como elemento de su ecosistema, no obstante el papel determinante que juega en la formación de los ríos lagunilla y azufrado, que atraviesan el cálido valle después de nacer en las nieves perpétuas. Cuando se pensaba en la erupción, venían a la mente imágenes transmitidas por el cine comercial de piedras y lava cayendo sobre las ciudades más cercanas, entre las que no se contaba Armero, pero si Manizales. Inconscientemente se consideraba que esta sería la primera urbe afectada en caso de un desastre, minimizándose el riesgo para las ciudades más lejanas. En otras palabras, mientras Manizales no fuera destruída, las demás ciudades estarían a salvo.

Los Colombianos estupefactos supimos horas después del desastre, que también se puede morir en una erupción como producto del descongelamiento del glaciar y bajo una avalancha de lodo. La comunidad armerita era vulnerable porque no tuvo una adecuada representación de su entorno y del peligro que sobre ella se cernía. En los textos de geografía que estudiaban los niños de la población figuraban como ejemplos de ríos que nacen de glaciares el Misisipi en los Estados Unidos y el Po en Italia, sin que se mencionara para nada el río Lagunilla, que por súbdita descongelación del glaciar donde nace, arrasó con esta ciudad construida en sus orillas. Sin lugar a dudas se trataba de un bloqueo generado por una representación social predominante y avalada por la tradición que era difícil modificar, por lo que no bastó con brindar la información adecuada, pues era además necesario poner en marcha procedimientos para modificar la representación del conflicto e inducir la transformación pertinente en los aprendizajes sociales comprometidos.

Otro ejemplo del papel equívoco jugado por los modelos de comunicación en la representación de los conflictos tiene que ver con las primeras informaciones que se difundieron acerca del SIDA con el amor prohibido. Tuvo que pasar mucho tiempo y ante la cantidad de madres y niños que en los países del tercer mundo presentaban la enfermedad, fueron cambiando los mensajes hacia una representación del conflicto que permitió un trabajo de prevención más acertado.

Si la prevención puede entenderse como una disminución de la vulnerabilidad relacionada con la capacidad de las poblaciones de representarse sus conflictos, tenemos que concluir que al simplificar de manera maníquea el problema de la drogadicción, los enfoques de guerra pueden resultar contraproducentes para avanzar en una adecuada representación del conflicto que se encierra en el uso de S.P.A. , o de otros fetiches ofrecidos como objetos deseables y fácilmente adquiribles en las redes del mercado. La inflexibilidad o la incapacidad para adaptarse a ese cambio no radica sólo en la oferta de S.P.A., aunque eesta hace parte del problema, sino que involucra fallas en la red interpersonal que el adicto intenta suplir químicamente mediante la voracidad consumista.

Para comprender la manera como se genera la vulnerabilidad, G. Wilches recurre al ejemplo de un ciudadano que ha desentejado su vivienda para efectuar reparaciones, con lo cual su casa se vuelve temporalmente vulnerable al fenómeno del aguacero. La situación de riesgo no depende sólo del aguacero, en el caso de las drogas de la oferta mercadeable de S.P.A., que se torna funesto por estar la casa destechada, emprobrecimiento de nuestras redes afectivas y de soporte social que incrementan el riesgo de consumo de S.P.A., se trata en consecuencia de una vulnerabilidad social que genera la condición de riesgo al alterar la red interpersonal y la calidad del espacio comunicativo, actuando la droga de la misma manera como lo hace el aguacero: como síntoma del conflicto que vive el ciudadano y factor que puede acelerar su deterioro.

Esta conceptualización de la vulnerabilidad nos pone, ante una curiosa paradoja: si por prevención entendemos, como es usual, la eliminación del fenómeno que nos preocupa, "erradicación del flagelo de la droga", tendremos que afirmar que se trata de un objetivo inalcanzable, o que sus procedimientos son poco fiables. Al contrario, si desistimos de las nociones de "erradicación" y "abstinencia" generalizada con propósitos, podemos abrir caminos novedosos a las dinámicas de prevención, entendidas ahora como una forma de "mitigar" el problema y no de "eliminarlo". Pues al igual que una erupción volcánica por sí misma no configura un desastre, es necesaria la cercanía de la comunidad y su escasa preparación para enfrentar el riesgo, tampoco la existencia de psicoactivos configura por sí mismo un problema. De lo que se trata es de reducir la vulnerabilidad, capacitando a la comunidad y al individuo para gestionar y absorber, mediante autoajuste, los riesgos que se presentan. De allí que la acción preventiva debe atender no tanto a la "erradicación" de las drogas del espacio social, hecho que poco ayuda para desarticular la compulsión, sino a la mejora de las redes interpersonales, pues allí está la verdadera fuente de la problemática.

Podemos en consecuencia redefinir el concepto de prevención de la siguiente manera:

Prevenir es disminuir la vulnerabilidad, mejorando la capacidad de los individuos y comunidades para interactuar con el conflicto. 

Como la prevención busca mejorar la interacción para interactuar con el conflicto para fortalecer o reconstruir los lazos de convivencia, un par de ecuaciones adicionales pueden ser formuladas para establecer factores de predicción que permitan monitorear tanto la presencia de la problemática a intervenir, como la eficacia de la acción adelantada, tales ecuaciones pueden enunciarse como siguen:

a) El consumo de S.P.A. se torna problemático en tanto destruye la red de relaciones o, a la inversa, el tipo de relaciones interpersonales existente se torna problemático en tanto induce al consumo compulsivo de S.P.A. :

Consumo problemático  S.P.A. = Destrucción de relaciones


b) La acción preventiva es eficaz en tanto permite fortalecer o reconstruir la red de relaciones y mejora las dinámicas de convivencia :

Prevención = Fomento o reconstrucción de convivencia

Como la vulnerabilidad depende en gran parte de la fragilidad de las redes interpersonales y del bloqueo generado por una inadecuada representación de los conflictos que padecemos, la intervención del profesional de la prevención, debe dirigirse al fortalecimiento de estas redes y a favorecer una adecuada representación de los conflictos que se  generan en torno al uso de S.P.A.  Si somos capaces de representarnos con certeza el estado de nuestras redes de apoyo y la dimensión de los conflictos que nos amenazan, tendremos altas probabilidades de disminuir el riesgo y de alejar la probabilidad de la catástrofe. Si no es así, estaremos inermes ante su llegada. No hay mayor torpeza que desconocer la importancia de las redes sociales y de las representaciones culturales, mientras nos dedicamos a tipificar la conducta desviada o a proferir amenazas alarmantes sobre las S.P.A. , sin hacer nada para modificar las conductas que deterioran nuestra dinámica interpersonal acercándonos al desastre.

Si el propósito central de un trabajo preventivo es mejorar la capacidad de individuos y comunidades para interactuar con los conflictos, a la vez que se fortalezcan las redes interpersonales y los vínculos afectivos, el único saldo válido de un trabajo de prevención debe ser la cualificación de las relaciones interpersonales, haciéndolas más cálidas y flexibles. Si al final del proceso, los miembros del grupo tienen más posibilidades de contactos interpersonales y mejores representaciones sobre lo que acontece en su vida íntima, contaremos con un activo social que permite afirmar que ha tenido éxito la empresa preventiva. Si esto no sucede, habremos fracasado.

Herramientas para la intervención

Establecido lo que entendemos por prevención, definido el problema a intervenir y las estrategias a seguir, podemos definir de la siguiente manera el perfil de las organizaciones que se proponen adelantar  en el campo de la prevención:

Una institución de prevención debe tener la capacidad para racionalizar los recursos comunitarios y organizacionales necesarios para modificar aprendizajes sociales y transformar el contexto cultural.

Para desarrollar este propósito, la institución debe cumplir con las siguientes características:

a)  Capacidad de coordinación interinstitucional para adelantar procesos de cogestión con grupos de ciudadanos y comunidades.

b)  Tener incidencia en la gestión cultural.

c)  Mantener relación estrecha con observatorios epidemiológicos y adelantar labores de investigación social y etnográfica en sus zonas de influencia.

d)  Mostrar capacidad para construir relatos sociales que favorezcan la representación de los conflictos y la dinámica de nuevos aprendizajes.

e)  Capacidad de hacer seguimiento a sus programas para dar cuenta de la aplicabilidad y asertividad de sus modelos;

f)  Mantener la diferencia entre labores de rehabilitación y de prevención, por lo que debe buscarse la independencia de las tareas preventivas o su autonomía dentro de las instituciones que tienen propósitos básicamente curativos.



La descripción cautelosa de este perfil institucional no puede llevarnos a olvidar que sólo mediante un proceso de participación comunitaria se puede definir, de manera sencilla y pertinente, los aprendizajes sociales y los valores culturales que es necesario modificar para disminuir la vulnerabilidad de las poblaciones involucradas. El papel de las  instituciones debe limitarse a ofrecer un infraestructura simplificada para el diseño de modelos operativos y para la captación de flujos financieros que permitan sacar adelante los procesos. En las sociedades democráticas el cambio cultural no puede no puede efectuarse mediante una gerencia vertical, sino a través de una gerencia transversal cuyas iniciativas se integran a procesos de fluctuación y autogestión comunitaria, teniendo presente que estamos expuestos a una dinámica de efectos imprevistos y cambios de sensibilidad que exigen gran capacidad comunicativa y de acción sinérgica con diversas poblaciones e instituciones.

Esto no quiere decir que no podamos contar con una caja de herramientas conceptuales o criterios básicos para adelantar programas de prevención orientados a frenar el consumo compulsivo de psicoactivos. Al contrario, es necesario contar con estas ideas fuerza, para no perder el rumbo y poder valorar de manera crítica nuestro trabajo. Es por eso que a manera de sinopsis englobante, procedemos a enunciar los criterios centrales que deben guiar la intervención preventiva:

I. La prevención está orientada a impedir la aparición de los comportamientos compulsivos

II. La compulsión es la conducta que busca encontrar en el consumo de S.P.A. el calor y la seguridad que no encuentran en la vida cotidiana. El consumo compulsivo de las drogas es una de las formas de consumismo contemporáneo. Al consumir la droga se busca modelos de identidad y pertenencia. Hay compulsiones permitidas ( alcohol, tabaco, estrés ) y compulsiones censuradas ( cocaína, inhalantes ) , revelando ambos deficiencias en la red interpersonal y afectiva.

III.  El consumo de S.P.A. es un problema con fuertes raíces culturales. No se consume sólo la sustancia sino los símbolos que la rodean. Sin embargo mientras el uso de psicoactivos en las culturas tradicionales refuerza valores y sistemas de pertenencia a la comunidad, en la sociedad occidental puede llevar a la destrucción de estos valores y al deterioro de los vínculos interpersonales.

IV.  El consumo de drogas es síntoma de un malestar cultural y no su causa. La drogadicción pone de presente el sufrimiento de una cultura donde la funcionalización de las relaciones interpersonales termina por deteriorar el soporte afectivo que necesitamos en la vida diaria. Fenómeno relacionado con una crisis ecológica de la interpersonalidad, caracterizada por la ruptura de los sistemas de interdependencia y aplastamiento de la singularidad a causa del predominio de modelos de productividad a ultranza.

V.  De igual manera que la drogadicción puede entenderse como una patología de la libertad, la prevención, tanto por las fuerzas inherentes a la problemática que queremos intervenir como por la dinámica necesaria para modificar los aprendizajes sociales, debe ser entendida como una educación para la libertad.

VI.  Prevenir es fomentar la autogestión de manera creativa y participativa. Es disminuir la vulnerabilidad, preparando a los individuos para ejercer su libertad al interactuar con sus conflictos.

VII.  La prevención es un trabajo de reconstrucción cultural que debe orientarse de manera prioritaria a:

Superar el analfabetismo afectivo
Cuidar los nichos afectivos
Favorecer la expresión de la singularidad
Incrementar el soporte social
Fomentar los diálogos lúdicos
Desarticular el consumo compulsivo

VIII.  Estos contenidos pueden articularse bajo un modelo ecológico que nos ayuda a orientar la ayuda preventiva hacia:

Un fomento simultáneo hacia la singularidad y la interdependencia
Impedir que se imponga en los ecosistemas humanos la serialidad del monocultivo
Cuidar los ecosistemas humanos de la polución de los diálogos funcionales.

IX.  La acción preventiva debe resumirse en la necesidad de asumir la ternura como factor protectivo por excelencia y horizonte ético que nos permite una reconstrucción cultural desde la intimidad.

RECONSTRUCCIÓN CULTURAL DE LA INTIMIDAD


La prevención debe orientarse hacia un trabajo de reconstrucción cultural y modificación del clima interpersonal, pues de la misma manera que el aire y la temperatura son determinantes para el desarrollo de los ecosistemas naturales, también la adecuada combinación de calor y nutrientes es necesaria para el buen funcionamiento de los ecosistemas afectivos. El clima emocional es uno de los factores determinantes, sino el principal, para definir el perfil de las instituciones laborales, familiares y educativas, siendo necesario aprender a calibrar los microsistemas afectivos, ajustándolos para asegurar nuestro bienestar, de la misma manera que cuidamos la adecuada combinación de calor y humedad en el semillero o ecosistema vegetal.

Para que puedan crecer las singularidades es necesario realizar controles periódicos de calidad afectiva, para estar seguros de dar y recibir un afecto propicio al mutuo ejercicio de la libertad, sin chantajes ni manipulaciones. De la misma manera que realizamos para beneficio de los consumidores, controles de calidad de los productos comerciales, debemos también realizar un monitoreo sobre la calidad de nuestros vínculos, para lo cual es pertinente establecer, en los pequeños espacios cotidianos, pactos de ternura que consisten cuidar la interdependencia, fomentar la singularidad e impedir el chantaje afectivo, para recuperar las fuentes nutricias que se han secado o incrementar la oferta de cariño que ha menguado bajo el peso de gestos endurecidos y funcionalizados. Tarea que no se diferencia mucho de la que emprende con paciencia quien decide construir una microcuenca o un humedal, de cuyo bienestar depende la vitalidad de un ecosistema.

El primer paso de la reconstrucción cultural de un ecosistema humano es sin lugar a dudas no destruir más, dejar que crezca el rastrojo, que broten nuevamente esas diferencias cuya emergencia impedía la dinámica del monocultivo. El segundo lugar es cultivar las singularidades para enriquecer el ambiente empobrecido. El tecer paso es favorecer las autorregulaciones, que suelen desaparecer cuando imponemos al ecosistema un control obsesivo y una lógica jerárquica. En fin, se trata de aprender a escuchar y acompañar en la vida interpersonal el crecimiento de las diferencias, prestando atención al cuidado de los nichos afectivos, que se han empobrecido por la ausencia de estimulación táctil o por la falta de actitudes de respeto y reconocimiento.

Como la predisposición al consumo de S.P.A. suele estar relacionada con una deprivación somato-sensorial que impone en los primeros años de vida una estrechez vivencial al yo corporal, el trabajo preventivo debe orientarse de manera especial a una recuperación de la vivencia del tacto. La más urgente necesidad que debe suplir el nicho afectivo es la del tacto y el contacto, pues incluso en los nichos adultos donde se impone la distancia corporal, los gestos de cortesía y reconocimiento aparecen como sustitutos socializados de la relación piel a piel, tan necesaria para el bienestar humano. Negar al interior del nicho afectivo la posibilidad del tacto, bien en sus normas primarias o en sus manifestaciones socializadas, es tanto como impedir al sediento que tenga acceso al líquido que calmará la sed, o negarle el aire puro a quien se siente asfixiado.

Se configura así una experiencia de violencia en la intimidad que deja una huella profunda en la estructura psíquica, prestándose como terreno propicio para la compulsión de la compulsión adictiva. Todo caso de drogodependencia revela, en el fondo, un mecanismo de chantaje afectivo que el adicto denuncia a la vez que perpetúa. El compulsivo intenta contrarrestar, mediante la exaltación narcisista de sus deseos, la tristeza de una infancia pasada en manos de pedagogos enamorados de su propia voluntad y de padres temerosos de su entrega de cariño. No tiene por eso sentido de seguir exaltando la magalomanía y la necesidad de reconocimiento, mientras se priva al sujeto de la experiencia del tacto. Chantajear afectivamente al niño y violentarlo en su intimidad, mientras se lo exalta en su yo imaginal en detrimento de su yo corporal, es convertirlo en un candidato seguro al infierno de la adicción.

Es necesario llevar a las personas a tomar conciencia de la existencia de sus nichos afectivos, invitándolas para que se representen en la estructura de sus redes de interdependencia. Desde una dinámica preventiva resulta prioritario despertar la necesidad de cuidar y proteger estos abrevaderos de cariño, pues a diferencia de otros animales que se muestran muy celosos con los nichos de donde obtienen subsistencia, los seres humanos descuidamos nuestros nichos afectivos, lo que nos coloca en situación de extrema fragilidad. Si se reconoce la importancia de mantener nuestras redes de interdependencia a la vez que favorecemos el crecimiento de las singularidades, estaremos fomentando un gran factor protectivo en la esfera de la salud mental y disminuyendo el riesgo de la aparición de la compulsión.

Al ejercer gran presión sobre el nicho afectivo, invadiéndolos con diálogos funcionales y chantajes afectivos, la sociedad contemporánea limita las posibilidades de diálogo lúdico y exploración cálida del mundo interpersonal, debilitando la matriz de seguridad afectiva que sirve de soporte a la emergencia de la singularidad. Es por eso prioritario aprender a combinar, en los diferentes espacios de la vida diaria, las modalidades funcionales con las lúdicas, respondiendo a las demandas operativas sin poner en peligro la frágil biodiversidad de nuestra vida psicológica y cultural.

Seguir atenidos a un modelo de sociedad competitiva que no fomenta las actitudes de solidaridad básica puede conducirnos a una vulnerabilidad creciente, condenados a padecer desgracias recurrentes. Reconocer la validez de la competencia, pero sin negar a los demás los soportes sociales y afectivos que les dan la oportunidad de elegir y crecer, sigue siendo la mejor manera de fomentar la diversidad a la vez que cultivamos una sana interdependencia.

Agradeciéndoles por la atención que brindaron a este documento del Dr. Luis Carlos Restrepo, me permito sugerir lo estudien, analicen y compartan para fortalecer la intervención preventiva con argumentos tan válidos como los que nos presenta Restrepo.
Un abrazo.













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